20.05.22
La oscuridad es un guiño que el vacío exterior nos hace. Su ojo es una apertura, su mirada una escalera que encamina una vitalidad que se conecta con ella. Una aproximación a lo ajeno a través de un lenguaje puramente sónico, la llave a la diferenciación sin puerta que le corresponda, vectores tímbricos, angularidad textural. La síquica sonora dialoga con la rítmica universal. La estimulación de una unidad que es frotada en el cisma interior, una transición intuitiva hacia el vacío de la exterioridad. Toda apertura es un inicio, una sincronización vibratoria intensificada, persistencia tonal, proyección melódica de las consideraciones postglobales. Cada silencio en sus multiplicidades es un mundo en si mismo, parte integral de la trascendencia sónica en su fragmentación métrica. La música es la transposición de una tesis de la mente y un cromatismo digitado del alma, un cambio de coloración que nos hace preguntarnos si es que realmente hemos escuchado una canción alguna vez hasta este punto del recorrido por el espacio espiritual creado a partir de una síntesis integral de ondas, vibraciones y puntos de escape radiantes que resuenan en señales nomádicas. Las canciones son naciones autónomas, grados de belleza más allá del ser. Un estado indeterminado por fuera de lo identitario que se mira desde lo externo. Sin hogar, sin gente.
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