El viaje por el ciberespacio es una posesión, la abertura de un tajo virulento a nivel dermal, la negación de la inútil resistencia orgánica, develado genético. A su vez, toda posesión es, necesariamente, un actualización, un registro tanatográfico en forma de herida, cuña en tabla de barro, una renovación generadora de desechos fantasmagóricos que se aferran a las duras placas metálicas de la carne vibrando por la invasión del enjambre desantropomorfizador, nuevo motor ensamblado a la máquina anti-identitaria, que se adueña de sus sentidos hyperestimulados, controlando un frenético tráfico de datos -transmisiones mentales wi-fi intermitentes, diálogo entrecruzado de chats pronto a ser descargados/archivados/eliminados-, cruzando y conectando foros públicos con ilusión de anonimato enredados en hilos e hypervínculos, DMs y Tweets, una enorme serie de intercambios frenéticos zumbantes en red que crecen exponencialmente, productores de nuevos síndromes, portadores de estados biológicos f...