17.10.2020
La potencia cognitiva se haya enclaustrada bajo un marco que la apresa, un remolino de vientos provocados por nanomáquinas que redirigen todo de forma automática a través de tuberías que llevan hacia fríos compartimientos metálicos donde no es posible nada más allá de lo que estos mismos dictan. Lo hipotético se ve fuertemente delimitado. Pero existe una gran diferencia entre lo que una capacidad es y lo que puede hacer, entre una manifestación transitoria específica y la totalidad de su existencia. Los vectores que encierra (los cuales requieren un cambio de perspectiva y que podría cortar la mente en dos para ser visualizados correctamente) pueden liberar fuerzas hacia planos más allá de sus interiores. El magma de la tierra está deseoso de explotar. Retumban en el craneo los ecos de la voz que sueñan turbulentamente con un escape proyectado por sus deseos de alienación, de acercarse a lo completamente extranjero y sus posibilidades encadenadas que pacientemente esperan a ser liberadas. Si algo de esto logra atravesar las grietas hacia el afuera, el antropoceno hará más que temblar horrorizado.
Hemos enmarcado lo posible a través del mundo que conocemos sin preguntarnos qué es lo que podríamos conocer, qué es todo lo que está encerrado en la mente esperando a ser formulado, que energías podrían transitar por los cuerpos al ser descargadas. La maximización de lo virtual, su liberación desenfrenada, expande la capacidad de reformación de lo actual. Ahí están los nuevos mundos, la habilitación de lo otro, en las conexiones que se arrojan hacia lo incierto y su actividad latente, en la retroalimentación a ser generada entre el huevo que contiene lo no dado y nuestra experiencia actual.
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