19.11.20
Se pulsa el botón, se mueven las perillas, se inicia el registro y en ningún momento se para de grabar. Ni la muerte detiene el rodaje: la realidad ha sido aumentada más allá de quien la habite. La experiencia se ha vuelto completamente autosuficiente. La concatenación de registros de multiples aparatos crean nuevas zonas de forma continua, materializan virtualidades y potencias secuenciadas. Todo de forma perpetua. Movimiento puro dentro de salas vacías. Espacios encima de espacios, sobredimensionalidades cinematográficas, mapas.
El cerebro es un proyector desgastado que hace zapping ante los espectáculos del día a día. La pantalla verde de los ojos observa inútilmente todo aquello que la mirada, atascada, es incapaz de renderizar. En un estante del archivo se acumula una colección polvorienta de DVDs pirata virulentos y carretes de película desmaterializados, disueltos en el aire, derretidos junto al estaño de las placas madre. La tijera oxidada queda suspendida en el aire. No hay boca que pueda gritar: ¡corte!
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