12.11.2020
Un lugar más común y unificador que el concepto de nacionalidad es el distrito productivo de la participación a distintos niveles, de forma directa e indirecta, en los fértiles campos de consumo del imperio del intercambio. Las empresas y compañías generan activamente la ilusión de ser más duraderas y estables que los gobiernos, con más proyección y capacidad que los Estados. Domina la política de los inversores. La ciudadanía aparece en las zonas mercantiles, su agencia participativa se manifiesta en la transacción, cédulas de identidad siendo negociadas en la bolsa de valores, remitiendo únicamente a vallas publicitarias y su poder cada vez más absoluto. El nuevo orden mundial será una red interconectada de centros comerciales a velocidad PayPal.
Se vislumbra la carne chorreante expuesta en los congelados pasillos del casino donde el único premio es el juego continuo, la pulcra mantención de la emoción exorbitante de la apuesta. Las máquinas se mueven solas, las palancas y las ruedas giran de forma automáticas. Los juegos que creemos jugar son jugados por alguien más, mientras, al mismo tiempo, nos juegan y revuelven por completo, nos exhiben en las vitrinas pristinas como trofeos que deben mantenerse en constante circulación, que nadie gana, o, mejor dicho, todo el mundo gana constantemete. Las fichas son lanzadas, suenan las monedas: hora de trabajar como mercancía.
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