06.11.2020

La igenuidad y las creencias equívocas sobre las capacidades y el alcance del arte, máquina que obra como hilo conductor de una narrativa que se le sobrepone y la subyuga, le llevó a alcanzar ciertas extensiones durante los primeros años del siglo 20, con el ego arrojado a lo utópico, lleno de un encanto industrializado y una ilusión que en la actualidad no existe más que como un recuerdo tan distante y espectral que no es capaz de manifestarse ni como insípida nostalgia. El arte se puede encargar de proyectar potencias y perspectivas que duermen impávidas, pero su efectividad no trasciende más allá de ello que recae en la pantalla que refleja el rostro de la persona moderna, esa de actualidad reluciente y juicio milimétrico, alimentada por la continua circulación de imágenes e información, posada sobre ese artefacto deforme siempre en movimiento, acoplando y desacoplando sexualmente, que es el mundo. Todos los puentes que busca tender, como telas a penas perceptibles, rozando lo invisble, se tambalean incesantemente, preparados de antemano a ser quemados y existir solo como cenizas. Y es en estas cenizas donde nos zambulliremos, ensuciando nuestro cuerpo, llenando nuestros pulmónes, cada vez más negros, y finalmente ahogándonos buscando algo que está presente solo anunciándose, sin llegar a aparecer por completo.

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