05.11.2020

Meamos desesperadamente las frías y grises piedras que cubren extensamente el fondo del barranco oscuro al que caímos sin darnos cuenta, pero al cual inevitablemente nos vimos atraídos por su seductor llamado tan lleno de intenso vacío, con la ilusa pretensión de dejar alguna marca nuestra en su horror abismal. El único calor al que podemos aspirar en estas condiciones es el del tibio líquido que se abalanza sobre las rocas, de la misma forma en que hicimos antes, y que toca su canción al resonar entre las paredes que laten como órganos amenazantes y estrechos. Contemplamos la vida como una enferma repetición neurótica continua de ese acto de arrojo. Nos precipitamos y no conocemos más hogar que este.

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