09.10.2020
Todo se subordina a la circulación en si y a su maximización, al feedback positivo del consumo y la producción, al reino absoluto del flujo capital cyberregulado, fluido de punta -el producto estelar de la fábrica- que no conoce obstáculo alguno y se mantiene en vanguardia eterna dejando tras de si corrosión y rastros plasmáticos sobre los que hordas de zombies del peor (y más maravilloso) cine b -exhibido en un circuito publicitario que existe como un mundo de neón autosuficiente- se revuelcan, en medio de un constante sentimiento de pánico y de ficcionadas emociones intensas inscritas en su carne, aún soñando con un apocalipsis que no podrá venir, que se perdió en el retrofuturismo escatológico, sin darse cuenta de que todas sus fantasías se cumplen transfiguradas de la forma más aburrida y monotona posible. ¡Y queríamos una explosión! Pero si esta llegase a suceder, no estaremos para verla. Nuestros cuerpos se deshacen mientras que el derrame desgasta nuestros cuerpos de pútrida piel y el capital trafica en su interior. La nueva ola es una infección, una transacción biotecnológica, y el análisis del tiempo una virología. Los residuos se empiezan a acumular y el penetrante olor lo cubre todo. Cuando estos se filtran, tranquilamente son reintegrados al siempre creciente sistema de tuberías de la máquina central. Y empezamos de nuevo.
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