16.08.23

Más que nunca, lucho por entender la inmensidad de la superficie, de comprender la extensión de la superficialidad, de lo complejo de la aparencia, la profundidad de aquello que es completamento liso. Para comprender, hay que hacer frente a la imagen descaradamente, sin filtros, tal cual va existiendo en cada momento. Lo más bello del monumento es su pared frontal, que nos mira detenidamente y nos contempla de vuelta. ¿Qué hace la representación ahí más que, con mayor o menor grado de éxito, estirar lo que ya conocemos? Quiero sentir el filo directo de aquello que se presenta ante mí.

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